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miércoles, 14 de enero de 2009

Mujercitas



  • Durante todas las navidades, he estado leyendo, muy, muy lentamente el libro de Mujercitas, de Louisa May Alcott. Es una nueva edición, donde el texto es íntegro, y donde han unido Mujercitas y Aquellas mujercitas. Hay ilustraciones y el número de páginas asciende a 760 páginas.

    Lo leí por primera vez a los 12 años, y desde entonces hasta ahora, he podido leerlo al menos unas 11 veces, evidentemente no esta versión, sino la más edulcorada para jóvenes.
    Es una historia preciosa, con mucha carga moral y que sirve para todas las épocas. Es cierto que en algunos momentos te entran ganas de meterte sal por vena de la cantidad de azúcar que esta novela arrastra, pero una vez pasas el momento infantil de las protagonistas, el libro mejora.

    Hay conversaciones que son para grabarlas a fuego lento en nuestras memorias porque enseñan y educan sobre cosas que en nuestro futuro o en nuestro pasado, viviremos o hemos vivido.

    Hay una escena en la que hablan madre e hija, que a mi me llegó de manera especial. Evito nombres para no jorobar a nadie que quiera leerlo.

    - Por favor, mamá… ¿De verdad creíste que podía ser tan tonta y tan egoísta después de haberle rechazado en el mejor momento?
    - Se que cuando le rechazaste fuiste sincera., pero en los últimos tiempos había llegado a sospechar que, si volvía y pedía nuevamente tu mano, tu respuesta sería distinta. Perdóname, querida, no puedo evitar ver que te sientes sola y el anhelo de afecto que percibo en tus ojos me duele. Por eso imaginé que nuestro muchacho podría llenar ese vacío si lo intentaba de nuevo.
    - No, madre, es mejor así. Me alegro mucho que _____ se haya enamorado de él, pero tienes razón en una cosa: me siento sola y tal vez si hubiese insistido le habría aceptado, no porque le ame, sino porque ahora valoro más el ser amada que cuando él se marchó.
    - Me alegro que así sea, porque eso indica que estás creciendo. Somos muchos los que te queremos. Cuentas con el cariño de tus padres, de tus hermanas y sus parejas, de tus amigos y de los niños; confórmate con eso mientras que llegue el gran amor.
    - No hay amor más grande que el de una madre, pero no me molesta confesarte, que anhelo probar otras clases de amor. Es curioso, cuanto más trato de conformarme con el afecto que recibo, más me parece necesitar. No imaginaba que un corazón podía albergar tanto amor…. Quiero decir, que podría ser tan elástico y no terminar de llenarse nunca. No lo entiendo, a mí me solía bastar con el amor de los míos.